domingo, 14 de abril de 2013

El síntoma. El eslabón del recuerdo



                                                                                                 

El síntoma como eslabón de recuerdos; el eslabón perdido de la memoria, en donde todos buscan recuerdos verbales o visuales, está el síntoma.

¿Hasta dónde la amnesia de la infancia, de los primeros años es tal? Y no podemos empezar a pensar que esa amnesia, en realidad, está vigente en la cadena diaria de síntomas que, como eslabones de recuerdos, se encadenan a los visuales y verbales (frases o imágenes oídas y vividas), pero que en silencio se desencadenan en lo cotidiano.

Es loable pensar que esa amnesia no exista. Que estemos frente a una forma de recordar que no pasa por los códigos racionales, sino que pasa por los rangos afectivos. Esas sensaciones, dolores y síntomas que producimos, ya no son sólo expresiones de una enfermedad, son expresiones de la memoria infantil. Que vive entre nosotros, atemporalmente.

El dolor es de un recuerdo doloroso. Pero, el dolor también es el recuerdo doloroso, en sí mismo. Y no como expresión de algo más. El síntoma deja de ser la expresión de esa enfermedad y pasa a ser un recuerdo más. Por lo cual, el recuerdo ya no tiene solamente forma visual o verbal, son recuerdos sentidos. Y si son dolorosos, se parecen a los síntomas. Síntomas de una historia dolorosa. Por eso, algunos síntomas, como los psicosomáticos, no tienen recuerdos asociados, porque son en sí mismos el recuerdo condensado de épocas en que aún no había palabras. O de cosas que no podían ser dichas, porque la forma en que debían ser vividas era así, sintiéndolas.

Nuestra mente es tan racional, que pretende que los recuerdos se adapten a sus formas. Recordar es esa imagen que se aparece, o esas palabras que repiquetean en mi cabeza como mandatos absurdos pero flagelantes. No, estamos equivocados, somos obtusos o recortamos demasiado la amplitud de nuestra mirada. Hay recuerdos que tienen forma sensible, dolorosa, sintomática; afectan aún a  nuestro cuerpo, como cuando la memoria trae del pasado un recuerdo doloroso y nos angustiamos. Esta vez, la memoria lo trajo, pero en forma corporal, física, sentida. Si ambos recuerdos son dolorosos, ¿por qué a unos los llamamos síntomas y a los otros no? Coincidiremos en que ambos son sintomáticos de historias dolorosas, pero en sí mismos, ambos no dejan de ser recuerdos. Pasado que vuelve, que afecta nuestro presente, actualiza un afecto o sentimiento y tiene múltiples asociaciones. Los síntomas, como el psicoanálisis los ha llamado, también.

Si lo vemos a nivel de las patologías, la correlación se mantiene; es más, se hace aún más estrecha. Cuando más grave es la patología, más aumentan los síntomas físicos o inexpresables vía verbal, como es el caso de las patologías borderline, las narcisistas o las psicosis. Pero la evidencia más sólida la dan las patologías psicosomáticas y los accidentes, aquellas personas que durante toda su vida sufrieron accidentes y que se repiten.

Este planteo no desconoce todos los avances propuestos por las diferentes ramas de la medicina y el psicoanálisis, sino que busca agregar una pista más en la prosecución de soluciones y curaciones a las tan acentuadas patologías que se van observando en estos tiempos.

Si buscamos por otros caminos, los recuerdos aparecen. Los cuerpos no cesan de hablar, como las bocas no dejan de enunciar palabras. Solo se requiere una buena escucha, descifrar los mensajes y escuchar los síntomas. Dejando de lado las descripciones de las enfermedades hechas por la medicina, Lacan plantea la cadena significante, un lenguaje que condensa y desplaza, y que, como un universo, puede significar lo que quiera en donde quiera. El cuerpo esta significando. Los síntomas son recuerdos, no sólo expresiones patológicas de órganos que no funcionan bien. No son sólo desajustes del psiquismo. Los síntomas son parte de la memoria. Los síntomas son recuerdos. Algunos más, de la cantidad que nos acordamos.

Mucho nos han enseñado sobre la memoria. Recuerdos y engramas, representaciones y afectos. Pero poco se ha escrito de la memoria corporal en sus múltiples formas. Tal vez, mucho nos confundamos en el diagnostico de los síntomas, y mucho más peleamos por borrarlos del mapa físico y mental del paciente. Cuando, tal vez, sólo se trata de revaloriza su lugar de recuerdo. Para lo cual, ya no se necesita removerlo o eliminarlo, sino simplemente “recordarlo”, como si fuera cualquier otro recuerdo visual que, como piezas del rompecabezas, historizan nuestras vidas. Que aparecen en momentos oportunos, pero molestan a conciencia.

Las posibilidades de considerar al síntoma como un recuerdo, nos abre posibilidades terapéuticas distintas, que serán desarrolladas en una segunda parte de este artículo. Con sólo pensar que la memoria es como un cubo mágico con diferentes colores en sus caras, se requiere de paciencia y ciertos movimientos para que la continuidad de las mismas deje de angustiar. En esa interdicción, en ese cruce de diferentes colores, es donde cambia el código o la frecuencia. Recuerdos visuales, verbales o físicos. Y la confusión con el síntoma, concebido como expresión de una enfermedad, se produce allí donde el recuerdo es doloroso y atormenta.

Muchos caen enfermos de dolor. De recuerdos no escuchados. El eslabón necesario para que se produzca la enfermedad, cuyo sentido es la historia.

El síntoma, recuperado en su significación de recuerdo, es el eslabón perdido en la cadena de recuerdos. Llena esas lagunas mnésicas. Conserva todas las propiedades del síntoma, con sus beneficios y goces; en tanto que el recordar en si y sus variadas formas de reminiscencia y añoranza, conservan mucho de goce, y mas de beneficios. Dinámicamente, el síntoma se comporta al igual que el recuerdo, y viceversa. Sólo hay que dejar de lado la mirada bidimensional e incorporar las tres dimensiones.




Cronologías de vida. Napoleón.




Como si se tratara de partir de la imposibilidad de pensar, o de “concebir” lo contemporáneo, la sincronía se ha roto, el tiempo esta desunido. Hay más de un tiempo en el tiempo del mundo; en forma de historia, de mundo, de sociedad, de época, los tiempos corren. Se ha desquiciado como muchos otros lo han hecho. El desequilibrio temporal arrasa con las sincronías del pasado, el presente y el futuro; donde la superposición congela la fluidez. Un atrás que se adelanta y le gana a un futuro lento que no sabe llegar. Las lógicas que se esperan ordenadamente, desbaratan los planes de una linealidad que ya no se corresponde con nada. Los tiempos de la locura se han hecho cotidianos, los enfermos internados viven en un tiempo fuera de sí. Y viven más tranquilos. El resto del mundo dejó de ser mundo para convertirse en un resto de su propia época.

El inconsciente freudiano invirtió las nociones temporales doblegando al presente. Una resignificación que sólo produce la actualización de sí mismo. Lo único que se mueve es la corrupción de los valores, que sigue avanzando hacia un futuro sin parámetros válidos; hacia una nada donde alguien dejó de serlo. Donde ser alguien, no puede serlo todo.

Napoleón ejercía autoridad. Era la autoridad. Cosa que se consideraba peligrosa para un gobierno que era hostil a todas las formas de autoridad. Napoleón era moderado y por eso era peligroso en una época marcada por el extremismo.

Napoleón brigadier era peligroso cuando se enfrentaba con los comisionados oficiales. Como todos los hombres de vida pública, caminaría en los bordes del filo. Los tiempos se desquician, en momentos de gloria y tiempos de miseria. Napoleón sufriría esos embates atravesando momentos durísimos de desilusión y penurias, llegando a la gloria de un imperio, para luego morir recluido en una isla perdida cuyos únicos habitantes eran sus guardias carceleros. Una cronología que cuesta mucho entender sus secuencias. Ritmos que se apoderan de la vida.

Nacido en una isla, muere en otra. Una familia unida en lazos de sangre intensos termina en una soledad aunada en recelos lejanos de seres que ya no lo quieren. Sus ancestros lo formaron, sus herederos se alejaron. Una cronología que insiste en quebrarse a cada momento. Torceduras forzadas de una cadena que no se alimenta. Paradojas singulares de personajes especiales. Dominios de fuerzas que crean al hombre, tiempos que juegan con sus cartas marcadas. El juego se ha desquiciado, desde el momento en que se pretendió el poder por sobre todas las cosas.

El tiempo se ha desquiciado y el hombre sigue pretendiendo un orden sólido. Pobres ingenuos quienes esperan aún que la lógica se mantenga al pie del cañon. Ya no más, ya no más.

Aprender del desorden es vivir en el caos. Resignar las estructuras será adaptarse a los cambios. Una integración de los nuevos órdenes será la única salida a esta locura. Dejar la queja a un lado, eso es todo.

 


Amas de casa. La transformación rutinaria de la mujer.




Se han visto transformaciones en el último siglo pero la de la mujer es la más importante y la más profunda. Pero estas mismas transformaciones se van dando en el ciclo de la vida, en casa y por culpa de la rutina. Cambios que no se entienden, cambios que se intentan explicar pero cuya realidad supera cualquier ficción, aún esta.

La mujer en su largo camino hacia la intimidad del hogar pasa por una mutación inexplicable y sin razón. O con demasiadas. Posiblemente la causa desbocada sea la perturbación del hombre con su condición masculina; tal vez sea la rutina o el paso del tiempo. No sé si puedo explicarlo, si puedo contarlo en pocas palabras y algunas líneas. La vida de la mujer, los cambios de la ama de casa, que se hace dueña y ama. De diosa deseada a bruja o a desdicha. No es un espejo de la experiencia personal, la soltería permite conservar en formol la mejor visión de la mujer. Y sus cualidades.

En un comienzo son lo más hermoso del planeta, al punto que el hombre la desea y habla del amor de su vida. Empiezan las salidas y la crónica de una muerte anunciada. Algunas no pasan del segundo encuentro, posiblemente porque ellos son más femeninos que los amigos o porque la mentira tiene patas cortas. Las que sobreviven a esa escoba suelen llegar a ser más; un lugar que se le da a la mujer en los últimos tiempos, que es mejor que los viejos, donde quedaban limitadas a una función y a una tarea. De allí la revolución que, no sé si mejoró o lo complicó todo, pero que les dio un poder que deben aprender a usar. En lo cotidiano.

Una vez que han amado, llega la formalidad de una relación y hasta la convivencia. Y allí empieza la transformación en lo cotidiano. La ama de casa se convierte en dueña y patrón, con reclamos y a condición, exige y demanda. Se queja y proclama todo el tiempo sus quejas, sus planteos sin solución. Esa mujer, para ese amor, se convierte de a poco y todos los días, en una mujer distinta. Sobrepeso de peleas, belleza que se queda atrás en el tiempo y los defectos que se hacen protagonistas. Una transformación para nada sencilla, de causa desconocida o probable. Es raro que la mujer que uno ame se convierta en este suceso, al poco o mucho tiempo; pero parece ser una regla.

Es raro ver que una flor se convierta en una espina por el simple hecho de convivir todos los días. Es extraño que el amor que embriaga sea luego una patada al hígado o un terrible dolor de cabeza. Me resigno a aceptar que el tiempo todo lo arruina y que esa hermosa caricia termine siendo una áspera carraspera. Dicen que la culpa es de la rutina, dicen que la primera impresión siempre es una mentira de la ilusión que se desespera por encontrar una salida.

Si es cierto que en un comienzo esa mujer suplica por un hombre y que sea su dueño. Y que en el tablero de la vida cotidiana son las primeras que cantan "jaque mate" al rey.

Una transformación que corre por las venas de la historia. Que posiblemente condena a las parejas a su fracaso anunciado.

A tener fecha de vencimiento.

Por culpa de ambos.





miércoles, 10 de abril de 2013

La enfermedad grita lo que sucede en el interior.




La enfermedad ya no es un padecimiento, es una consecuencia. La enfermedad denuncia, grita lo que sucede en su interior. Quiere hablar y decir tantas cosas que se han callado. Y nadie quiere hablar. Es común considerar que el enfermo no está en condiciones. Se lo desautoriza. Se lo sobreprotege. A veces se lo descuida. Y la enfermedad se gana el rol protagónico en el mundo que ahora gira a su alrededor. El cuerpo sigue callado.

Las disociaciones en el transcurso de la enfermedad se multiplican. Divide y reinarás. El cuerpo, el brazo, los síntomas, el dolor. Las horas, los remedios. Un grito que no se escucha. Mientras algo continúa en silencio. De algo no se habla. Se sufre y se lloran los dolores que la enfermedad ha traído. Se padecen las circunstancias nuevas que modifican y alteran la vida cotidiana. Pieza a pieza, minuto por minuto las condiciones van cambiando. Por lo cual, la enfermedad ya no requiere ni necesita el grito, pues se ve callada por los remedios que curan un cuerpo sufriente, mientras adormecen el psiquismo. Ese cuerpo queda rehén de sí mismo. Atrapado entre la espada y la pared; en las manos de un padecer sin restricciones y abrazado al silencio aplastante de lo que no puede ser dicho aún.

Ese cuerpo llega a morir en silencio, sin poder decir lo que necesita para sanar su espíritu. Muchos no llegan a pedir ayuda; mientras que otros no pueden pedir perdón. Tanto dolor del cuerpo no supera los bloqueos de la humildad enjaulada en las apariencias. Se han visto rostros duros de quienes sufren terriblemente el cáncer, el egoísmo y la furia, por dentro. He visto las miradas de niños felices, que mueren al poder entender lo que les ha tocado vivir, aunque no sea propio. Es el cuerpo el que nos acerca las alegrías y el que transmite la intensidad y la inmensidad de lo que vivimos. Es el que siente. El que lleva. El que carga. El que se entera. Al que no dejan expresar, salvo si cae enfermo. Pues en el cuerpo los silencios quedan sepultados. Y como estigmas o cruces aparecen las marcas. Sabe ser un cementerio. Sabe ser un puente. Un medio. Muchas veces el único. Puede callar. Debe hablar. Sabe de la muerte. Si se aleja de la mente. Entierra las emociones, las encapsula. Y a las lágrimas las seca. Matándolas de amargura.

La enfermedad ha cargado a través de los siglos con su mala reputación. Enemiga del hombre. Entorpeció sus logros y se juntó con la muerte para generar las masacres de la humanidad. Violenta, imprevista, extraña y amada. Silenciosa embustera que sabe mucho y lo acompaña desde el principio. Nadie va a admitir que la enfermedad le ha resuelto muchos conflictos que no encontraban salida. Una solución cuestionable, pero una salida evidente. Temas que no se podían solucionar, cuestiones no dichas que han muerto en silencio, enfrentamientos de dos miradas que ya no se veían, desapariciones inexplicables y asesinatos encubiertos. La enfermedad le ha facilitado el camino al hombre que no pudo enfrentarse al crecimiento y madurar sus sombras. Ha firmado pactos a escondidas con aquellos que prefieren retroceder.

Pero en ciertos momentos la enfermedad grita, donde el cuerpo aún permanece. En esos tiempos terminales, la complicidad se rompe y la enfermedad no quiere saber más del enfermo. El cuerpo rompe el silencio. Ya es tiempo de solucionar los conflictos, cancelar las deudas y empezar la despedida.

La enfermedad que gritaba dejó el paso libre a las palabras que curan, lo lastimado tiempo atrás.



 




lunes, 8 de abril de 2013

El cambio climático. Pura patología.




El problema del cambio climático es una cuestión psicológica, una cuestión cuyo germen se encuentra en la patología humana. En la desidia y la conveniencia de algunos que se han querido aprovechar para rellenar sus empobrecidas almas con dinero. Una cuestión de comercio que sigue siendo una patología. Pura enfermedad. Pura codicia. Pura avaricia.

La cuestión más radical comenzó allá, en algunas decisiones de las que jamás podremos saber, salvo ver sus consecuencias. En alguna oficina secreta, algún pacto oculto, en algún rincón del mundo estas cuestiones fueron resueltas. Pagando todo el costo el resto de la Humanidad. Sin pensar ni ser leal a la raza a la que pertenecen. Una patología inminente que trae sus secuelas hacia todas las veredas, estés donde estés parado.

El ser humano está infectado de un virus extraño, que se está propagando con los años. Parece transmitirse vía aérea. La cuestión ya es pura ciencia, pura realidad concreta. Y sus alcances impensables. Una magnitud inconmensurable. Unos efectos a corto y largo plazo. Un dolor que no será en vano. Una herida profunda, con infección.

El antídoto del dolor no se encontrará jamás. Porque no es un negocio mejorar. Ni curar a las personas. Algunos está tratando de enfermar y de contaminar las aguas de los ríos, para que el vecino pueda seguir llenándose los bolsillos de un dinero arrogante, manchado de sangre y con mal olor. Putrefacción de los principios, consecuencias de un mundo perdido, caído con las ideologías. Armas vendidas para matar a las propias familias. Un mercado negro que se abastece de lo peor del infierno, esa sombra empetrolada de la avaricia humana. Y de la mezquindad. Nada les alcanza. Nada alcanzará.

Es pura patología.

Y allí ha comenzado todo. El infierno rojo en el que nos estamos metiendo. Un planeta hirviendo, mientras seguimos consumiendo sus recursos naturales. Y pensamos en nuestra parte, solamente. El combustible suficiente para poder seguir, el alimento que pedir, el agua para consumir. El aire para respirar. Desde allí, nada es casualidad. Y el ajedrez ha comenzado. Una pulseada con la mano del Dios padre, para ver si el hombre no es cobarde y se atreve a destruir su obra.

La soberbia de algunos me asombra. Y la ausencia de Dios me preocupa.

La Humanidad tal vez los indulta, comprándose a los miembros del jurado. O inventando una nueva puesta en escena, como los juicios de la postguerra o tantas otras mentiras. Armadas por la sencilla razón de una patología que los guía hacia la destrucción.

En línea recta.











jueves, 4 de abril de 2013

Te pido el remise? Una pesadilla femenina.




Cuando la situación ya no da para más. El teléfono es una posibilidad. Y se termina todo. Cuando el absurdo lo colmó todo y la prepotencia arruina una noche, la tarjeta ya no se esconde. Y se pide un remis.

Porque se atreve a incurrir en esas cuestiones que lastiman. El ego tiene una herida, un rasguño que no puede ser profundo. Un puntaje descalificando el coraje de robarle un beso. Ansiado y esperado, pero en el momento señalado, tenía que arruinarlo todo. Porque la histeria hace escombros con el deseo del otro, con los besos propios. Tan bien intencionados. Tan esperados como ansiados. Entonces, se merece el remis.

Es dejarla ir. Pero ¿vale la pena alguien así? Que categoriza los besos en vez de disfrutarlos. Que les pone un puntaje para aproximarlos a una tabla, plagada de gente extraña que pudo besarla mejor. Pero se olvida del corazón, se olvida de quien está detrás de ese beso. Entonces, nunca corre el velo. No quiere ver a la persona. Se queda, casi ni se asoma. Le tiene tanto miedo al amor, que prefiere puntuar a la pasión con que los labios se acercan.

Así está ella. Viajando de regreso en el remis. Porque no se merece un beso en la nariz. Porque no ha entendido nada del amor. Ni del deseo. Sólo piensa en el desenfreno, en las conveniencias de una liberación de las cargas. En vez de alzar la mirada y ver un poco más allá. Una noche que podría haber sido muy larga. Quedó interrumpida por su estupidez. Quedó en ruinas otra vez, porque creía ser brillante y terminó siendo una cobarde que no se anima a más.

La pesadilla femenina está detrás. Siempre se queja de lo mismo. Los hombres son sus enemigos, porque no se involucran. Cuando son ellas las que tienen miedo. Se supone que hacen todo por un poco de afecto, pero seamos sinceros se han convertido en la peor cara de la masculinidad. Esa manera fatal de arruinar la feminidad con la grosería invasiva de aferrarse a una pierna, para no dejar que pueda agarrar el teléfono. Y llamar al remis.

Desde ahí todo dejó de ser feliz. Una mezcla de arrepentimiento e indignación. Una lástima que la pasión se haya tenido que ir, cuando estaba todo listo para servir el desayuno en la mañana. Una mujer que se engaña, que se cree la gran dama y no deja de ser una mendiga del alma. Esperando que la llama se encienda, cuando la mecha ya está mojada. De tanto soplarla se apaga para siempre.

Lo demás es evidente. Venganzas. Recelos y rencores. Jugar en los balcones al sube y baja. La histeria es pura venganza, pero jamás da el brazo a torcer. Arrepentirse los pies de haber dado esos pasos, exclamar con encanto que “ya no da para eso”. Con una cara al viento que ya no puede mirarte a la cara.

Después todo fue venganza, por haberle pedido el remis. Con los huevos de codorniz al plato y una ensalada con lo mejor de la noche. Todo estaba para alquilar balcones. Todo más que listo. Al ego yo no lo invito, me había olvidado su entrada. Ella vestía como una gran dama, una sirena en la playa, acariciando la arena de un cuerpo que la esperaba. La cercanía estaba en la sala, los roces estaban a la orden del día. La mirada era pura envidia y los labios se esperaban, ya desesperados.

Fueron cuatro los besos dados.

Y mientras el remis estaba llegando, una aproximación de lo que jamás se daría. Esa fue su despedida.

Para siempre.

Hasta nunca.






La rutina desgasta a la pareja?? O....




Se dice que la rutina es el peor enemigo de la pareja, la razón de la extinción del matrimonio como institución perdurable en el tiempo. Pero, creo, después de ver que la mayoría de las consultas son por problemas de pareja y que los divorcios están aumentando es tiempo de replantearse un poco el asunto de la convivencia, la rutina y las relaciones. Un mundo que está llegando a su fin. Un fin que no nos deja empezar un mundo nuevo.

Es fácil echarle la culpa a la rutina, como si fuera un arma homicida que asesina a sangre fría a la relación de pareja. Pero me parece que esta vez la carta cayó al revés y la cuestión es exactamente opuesta. La pareja desgasta la rutina de una relación que había empezado con todas las ganas y con toda su fuerza. Y queda desbastada tras la larga sequía de expresiones que se van perdiendo en un tiempo donde lo nuevo ya ha quedado en el pasado. La pareja es la razón de esta cuesta arriba que se transita con una mochila muy pesada. La pareja que se construye día a día cae en desdicha cuando a uno se le fue la mirada. Y pierde esa llama que había alimentado la pasión, donde cada gesto y cada respiración son como el agua bendita. Pero ese día, en un momento determinado, un gesto helado marca la diferencia.

Y la rutina no se entera, pero las cosas empiezan a cambiar. Ya no es igual, se huele pero aún no se entiende. Se siente pero no se sabe por dónde vendrá el tiro. Y lentamente, algo se empieza a morir, aún sin sufrir, evitando el dolor y con mucha negación dando vueltas. Una jauría hambrienta de agujas que pinchan el gran globo. Finitos agujeros por donde se escapa el aire de un sueño que ya no puede volar. Y le queda poco para respirar. Hasta terminar en el suelo. Sin ganas ni fuerzas.

El cambio, es la paradoja de la rutina y su cadena perpetua. Cuando uno ama puede hacer mil veces lo mismo, con esa persona amada. Y nada la desgasta, ni la empaña ni aburre. Cuando uno ya no ama, no puede hacer ni siquiera dos veces lo mismo, ni algo diferente. Cualquier cosa genera fastidio, aún el mejor gesto, aún la mayor sorpresa puede caer sin freno. Tantos hablan del desgaste producido por hacer siempre lo mismo, tantos se están equivocando, porque el problema no es lo mismo, sino que uno haya cambiado. El asunto que pone todo esto en peligro es que el sentimiento ya no sea el mismo y el ocultamiento es cansador.

La rutina no es la lija de la relación, que de tanto pasar por ella la termina desgastando. Todo lo contrario, es lo que le puede sacar las asperezas cuando uno quiere tener un amor refinado, pulido y exacto; acorde y a la medida. Trabajado, acariciado y sentido. Mientras, la indiferencia le hace un rasguño a la nobleza de la entrega de un ser al otro.

Es la relación, mal llevada y mal concebida, la que arruina la rutina de un proyecto soñado. Este es el trabajo de la vida cotidiana. No es empezar con las aventuras ni las salidas espontáneas, no es agregarle sal y pimienta si está cruda o pasada. Mucho menos es inventar excusas para volver a la adolescencia.

Asumir las consecuencias y entender que la vida cotidiana no es enemiga de la rutina, mucho menos dentro de una relación de pareja.

Nada se desgasta por los días.

El amanecer sigue siendo un nuevo comienzo, todos los días.