miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los psicólogos. Por qué tenemos mala fama?



Porque nos lo merecemos. Una triste respuesta, tal vez un poco injusta. Pero es cierto. Nosotros somos los responsables de no cuidar la reputación ni el nombre de la profesión. Nos falta unidad y un poco de criterio al momento de hablar fuera del consultorio. Es cierto que la psicología se presta, como otras profesiones, a la popularización, a la charla en la quinta con cualquiera que se atreve a preguntar. Pero los psicólogos deberíamos cuidarnos más, entre nosotros.

Tenemos mala fama, debemos asumirlo. Aunque sea injusto, pues pocos son los que hablan. Y muchos reconocen el bien que hacemos. Nuestro trabajo es silencioso y la fama nos grita por ahí. Nos echan en cara el exceso de análisis, mirar demás e interpretar a cualquiera fuera del ámbito adecuado. Pero algunos deberían aceptar que son ellos los que buscan respuestas y nos hacen hablar. O toman prestados instrumentos que deben ser usados con mucho cuidado y respeto (como el complejo de Edipo).

Tenemos fama de soberbios o de creídos por ser capaces de analizar a las personas, las que son como uno. Un argumento cuyo fundamento no es válido, pero tienen razón por lo que dicen. La capacidad de analizar no da superioridad, mucho menos si es usado mal, con negligencia o estupidez. Algunos profesionales dan cátedra por ahí, fuera de las universidades, a sus familiares, amigos o pares de mayor antigüedad, pero la culpa no la tiene la psicología ni los demás psicólogos, sino las propias carencias que cada uno lleva. Los propios agujeros que se intentan llenar con una profesión que tiene autoridad, pero no para eso.

Nos acusan de no trabajar. De hacer lo que cualquiera puede sentarse y hablar. Que sólo usamos el sentido común y que no pensamos. No levantamos bolsas en el puerto, eso es cierto, pero el trabajo mental con los problemas o las enfermedades también son o deberían ser considerados un trabajo forzado. Pocos son los que dicen esto y se ponen de este lado. Aunque sea un solo día siéntese a escuchar todos los dramas que uno encuentra allí. No se crean que es tan cómodo el lugar. Es sumamente valioso, y para quienes lo vivimos con pasión es un aprendizaje constante. Es un trabajo y parte de la vida, porque no es posible separar todo cuando se termina el horario. Siempre se lleva tarea a casa, por más disociación que se implemente. Porque el sufrir humano es algo que acompaña aún en esas caminatas hasta nuestro hogar. Esto es algo a evaluar por quienes dicen que no trabajamos, en tanto que siempre hay tarea para hacer. No sólo con lo que nos pueda haber afectado, sino porque son personas a las que uno ve sufrir, y uno piensa y piensa cómo sacarlos de allí. Cómo cuidarlos sin que dejen de ser ellos.

Y encima cobrar. Otra acusación más, ¿De qué pretenden que vivamos? Es necesaria la existencia de los honorarios, para mantener en claro la mente del psicólogo. Para poder ofrecer cada vez más una mejor atención. Lo más lejos posible de las preocupaciones mundanas, para ocuparse de lleno de las preocupaciones del otro. Nada ajenas, pues las estamos compartiendo. Para eso debemos cobrar ciertos honorarios. Y si por casualidad o esfuerzo el éxito económico nos viene a visitar, es una responsabilidad, no es injusto ni deshonroso. No significa que uno lucre con el dolor del otro, no tiene nada que ver. Eso es pensar mal, no ver con claridad el verdadero trabajo. Es cierto y válido cuestionar a aquellos profesionales que sólo atienden en la hora de sesión y por teléfono han desaparecido. Pero también es cierto, que tienen una vida y nadie puede emitir un juicio sobre su libertad de acción. Es el paciente quien allí puede elegir si cambia o no de profesional. No se olviden jamás de eso, pueden cambiar si la atención no les resulta. Si les da fiaca contar otra vez la historia, deben hacerse cargo si no cambian y no juzgar al profesional. Al cual le pueden plantear las objeciones que quieran. Están en su derecho.

Tenemos mala fama por los errores de algunos, o sus formas de atender. Es injusto que la falta de prestigio recaiga en la profesión, pues todos mueren de intriga y quieren saber qué dice la psicología de sus cuestiones personales. Y deben contemplar a los profesionales que pueden equivocarse o deben aprender. Son como otros ejerciendo sus estudios y adquiriendo experiencia. No es perdonar al negligente. Es aceptar que no son perfectos. Sino pecarían de soberbios o serían insoportables.

Hay una falta que es grave entre los profesionales de la psicología. No hay espíritu de cuerpo, no estamos integrados más allá de estar o no colegiados. No defendemos la profesión, y le pegamos a cualquier compañero de carrera. Posiblemente haya demasiada competencia. Y ese vicio terrible de ser salvajes con las interpretaciones. La paja en el ojo ajeno no es clínica, es cinismo. Es una intromisión en la vida privada del otro que está allí, y no para ser juzgado. Una injusticia que vemos a diario. Son las peores agresiones pues se meten con la vida privada, desde afuera, utilizando instrumentos de salud para hacer mal.

Si los psicólogos nos cuidáramos entre nosotros podríamos revertir la mala fama que tenemos. Pues todos consultan, más allá de ir al consultorio. Y nuestra profesión no es reemplazable por la amistad ni por el consejero ni el sacerdote. El psicólogo tiene una mirada muy distinta, una forma de acompañar más cercana y las herramientas para ayudar, por lo cual muchos que consultan se van agradecidos.

A pesar de la fama muchos seguimos comprometidos. Nos escapamos de la casería de brujas y no bajamos la mirada.

Es un orgullo ser parte de esta profesión. La hacemos con el corazón. Y le aportamos al otro. Allí está el gran valor, la fuerza para soportar las críticas y las injurias.

Ser psicólogo es un honor. Llena el corazón de orgullo.








Lo oscuro detrás del espejo.



Lo oscuro lo vemos, a diario en el espejo. No hay quien pueda pararse frente a esa viva imagen de uno y creer que puede pasar desapercibido. No quien sobreviva a esa mirada, la de si mismo fuera de uno. No hay manera de esquivar esa cancha embarrada que se para enfrente del espejo y te mira, sin consuelo las heridas ocultas y las mentiras dolidas.

Una imagen que no para de respirar. Que no se muere cuando uno sale de su alcance. Ni se va. Que siempre está para cuando nos animamos a volver. Es la mirada fiel, la más encarnada que pueda existir. La que no tiene consuelo, porque nunca se llora enfrente de un espejo. ¿No se había dado cuenta? Nadie tolera ver esa mirada engañada por la sombra, que se levanta del piso para levantar el dedo, acusador. Para exigir las cuentas al día. Y saldar las deudas, con la verdad y los demás.

Nadie puede escapar. Lo oscuro está por detrás del espejo. Está en el reflejo, lo lleva en su sangre. Esa imagen que devuelve, esa persona que se atreve a hacerte frente, es la que sabe demasiado. Es a la que el engaño nunca termina de convencer. Ni le puede meter la mano en la lata. Todos ocultamos algo, y el reflejo lo sabe perfectamente. Por eso es sabio el espejo, cuando da vuelta las cosas. Sabe que no hay freno cuando la verdad quiere emerger. Y las palabras quieren ser dichas. Con tanta crueldad como sea la desdicha que va a engendrar, o la mentira que va a inventar. O el secreto que quiere ocultar. Allí aparece.

Y no es un fantasma.

Sale detrás de sus espaldas, como si fueran las alas pero encadenadas en el espejo. Se levantan del suelo las miserias que ha arrojado al piso. Y que ha querido pisotear. No hay fianza ni cadena perpetua. Sólo hay una condena pendiente. Y una vigilancia permanente. Que no necesita dormir. Que no se deja persuadir y que recomienda a la desgracia una visita a domicilio.

Si uno quiere saber, debe hacer las preguntas adecuadas. Cuando alguien se engaña, sabe preguntar lo incorrecto, para salir en el sorteo de una vuelta al infierno. Adquiriendo una mancha, como un orzuelo, que se hace del eco. Y de la luz. Es como un agujero que acompaña con su velo, siendo la mejor dama de compañía. Y le pone precio al ego. Sin cuidarlo, sin envidiarlo. Acosando sigilosamente. Esperando que tropiece en algún momento, con la piedra y el tiempo de su oportunidad.

Una batalla campal entre uno y el otro, el mismo. En esas noches sucias de donde uno sale herido. Donde uno ha caminado torcido, rompiendo los bolsillos y metiéndose en problemas con las cuestiones ajenas, a donde no fue invitado. Días sin sol y noches de luna vacía, haciendo estrías en una manzana perfecta.

Días en los que no se sale al sol. Y el cascarón se rompe.

Oscuridades perdidas, donde el borde del agujero ya cedió. Y el abismo no se atraganta. Esa garganta es interminable. Y uno cae tan profundo.

Noches en las que se ha robado mucha mala suerte.

Y por ocultarle al espejo, uno termina con el cuello roto.

Y las manos heridas, de la propia sangre.





La mente. Domina al cuerpo.. pero no a si misma.




La mente puede todo. Y no es por soberbia, mucho menos por omnipotencia. Es una realidad, que la mente puede más que la realidad misma. Y puede dominar al cuerpo, pero no puede consigo misma. Entender es el principio para saber, que la mente puede más que mil palabras. Que ni el cuerpo se escapa a sus designios, inconscientes o concientes. De ellos depende, saber que uno puede dominarse o no.

La mente domina al cuerpo. Le marca, con el deseo, los caminos a seguir. Si enfermarse o vivir, si paralizarse o fluir, si mutilarse o perseguir con integridad la misión a alcanzar. Cuando no encuentra las vías para hacer, el cuerpo se le cruza en el camino. El despliegue se vuelve maldito, y el cuerpo se enferma, sin razones, aparentemente. Sabemos enfermar, pero no sabemos aún curar. El cuerpo padece los designios de la mente, sus órdenes y sus ribetes, esas vueltas que da en la esquina, sin encontrar la salida, entonces encuentra un refugio allí. En el cuerpo que no puede huir, cuando la mente no sabe descansar. Ni encuentra la paz. Entonces, tortura al cuerpo.

Un cuerpo con memoria. Un cuerpo que se desdobla y puede transmitir con claridad, las órdenes que a su pesar, debe cumplir para la mente. Y el mundo emocional, se vierte como una jarra sobre las capacidades del cuerpo. Con la posibilidad de contener, con la única alternativa de hacerse cargo del mundo que está atormentado. Uno, muchas veces, se traga todo. Porque elije no hablar, porque elige llevar (encima) las marcas de un suceso, que puede ser vincular, en vez de encontrar una salida más sana. Y el cuerpo no da más, sin embargo, continúa estirando su capacidad de almacenamiento, del dolor, del deseo, de la bronca; de lo siniestro.
A veces, el cuerpo elige tropezar. Y caerse en una zanja. Hacer un mal movimiento, una mala interpretación, una idea torcida, una emoción que complica. Y el cuerpo se quiebra. Se cruza en la carretera, por la falta de reflejos frente a los sucesos que la vida le depara. Y la mente se escapa, al pensar en otras cosas, en el momento menos indicado; cuando el cuerpo está cruzando la calle. De una vereda a otra, de una forma de pensar a otra. Y en el medio, lo siniestro. Aquello que no se vio, porque el cuerpo estaba en otro lado.

En otros tiempos, el cuerpo ya viejo de tantas cosas que le han pasado, elije ser llevado a la morgue judicial. Una sentencia con condena directa, porque se le inyecta cualquier cosa, para soportarlo. Porque, es cierto, cuando el cuerpo es nuestro flagelo, sabe de descontentos, sabe de dolor, sabe de sufrimiento. Al igual, que lo generado con veneno por una mente que no puede tener un poco de piedad. Que exige y esclaviza. Que atrapa y subjetiviza.
Y el cuerpo se domina. Bajo las ordenes autoritarias de una mente que no puede salir de su jaula. Por más que lo intente.

Es la misma mente que sabe dominar a la realidad. Que hace de ella un mazo de cartas. Y nada más. Porque todo se puede transformar si la mente lo permite. Aún la realidad más real, se puede cambiar si hay convicción, fuerza y coraje. Una fuerza mental, una convicción sana, que no maltrata sino que busca una salida, aunque sea una simple ventanita. Una canción escrita. Una poesía dicha a la vida. Cuanto más alejada es, más fácil se puede volver su transformación. Cuando es uno el que se modifica.

Pero la dichosa no siempre puede consigo misma. Un karma, una ironía. Una burla de ella misma, porque conoce sus leyes, y sabe que sus reglas no se pueden transgredir, por ser ella misma.

El que sabe lo que sabe, sabe que no sabe tanto.

Así funciona ella. Una enredadera que puede ser pasajera, o puede ser la más bella de las criaturas en expansión. Pero siempre conocerá de sus torpezas, y no podrá dejar de ser ella. Salvo que alguien la modifique.

El cambio de la mente se produce solamente por el cambio de la gente. El otro. Esa mente que está enfrente, es la única que puede con la mente de este lado.

O sea, el espejo.





domingo, 11 de noviembre de 2012

Simple-Mente. Las claves de su poder.




Una mente compleja tiene reglas simples. Esa simplicidad es la que le permite complejizar sus obras, y crear lo que quiera. Una mente conflictiva no puede crear casi nada, sólo se limita a mal gastar su talento en la lucha con el adentro.

Las claves del poder mental, son tan simples como básica es la Naturaleza.

Hacer lo que se deba, es una de las principales reglas. No es que se viva según el “deber ser”, sino que la Naturaleza no puede cambiar el orden de las estaciones porque se le canta ese día. El problema del hombre es que cree que el “deber” es externo a él.

Vivir con placer, cada centímetro de la obra. La Naturaleza se queda absorta cada vez que ve brotar una hoja, de la cantidad de millones que lo hacen por día. El hombre se desespera por llegar a su primer millón de dólares, y no disfruta nada. Porque cuando lo alcanza quiere el segundo. No vivimos cada paso. Siempre miramos el próximo antes de dar el más cercano.

Las cosas son simples, en su complejidad. Ir a lo básico es la metodología de la mente. Lo cual no quiere decir que nada es difícil, sino que todo se reduce a un principio básico: las cosas tienen solución. Sino no estarían acá, y no serían un problema.

A cada cual le corresponde lo propio. Pero todos quieren lo de los demás. Si nadie se metiera en la propiedad ajena, todo sería sumamente sencillo. Ocupate de tu terreno, y dejá que el vecino se ocupe de lo ajeno.

Amar. Una ley fundamental. Hay tanto por decir de las fallas que tenemos con este principio que no me daría el tiempo para escribir lo que debo. Pero sin amor, no hay nada eterno.

Cambiaría el concepto de libertad por el de las ataduras. Pensando en un hombre moderno, la libertad es una plomada demasiado pesada para cargar, o entenderla. En cambio, a este hombre que todo le pesa hay que decirle, para que entienda, que la clave está en soltar las ataduras. Dejar que las cadenas no se encadenen a nada. Y sola la Naturaleza hace lo suyo.

De adentro para afuera. No entendiste nada si tu camino tiene la dirección opuesta.

De arriba para abajo. Jamás de abajo para arriba. Uno con todo lo que es, puede dejar de serlo. Pero si uno no es nada, jamás llegará a ser algo. Porque no cuenta con esa mentalidad, no sabe cómo es ser, porque no es.

Todo tiene un principio. Y todo termina. No es una cuestión caprichosa. Es una regla básica. Porque el cambio necesita desaparecer, para poder aparecer.

La muerte. Debe acontecer, sino no hay nada nuevo. Sino no existe la “posibilidad”. Y desde allí todo el resto.

Todo lo demás, se reduce o relaciona, surge o muere en estas leyes, que se multiplican porque su potencialidad las lleva a generar (desde ellas mismas) las más infinitas posibilidades.


 


La rutina. Psicologia de lo cotidiano




Mucho se habla de la vida cotidiana y de la rutina. A diario escuchamos hablar de una o de otra, entre quejas y lamentos, entre excusas y espamentos, ostentaciones y carencias; parejas enteras que dicen haberse agotado por la rutina, haberse disecado por la vida cotidiana. Esos hábitos y esas costumbres. Pero, a su vez, la contradicción que nos acaricia los pies nos muestra que al ser humano cada vez le cuestan más los cambios. Entonces, ¿de qué nos quejamos?

La vida cotidiana no es necesariamente una rutina. Esa vida de todos los días que no tiene por qué convertirse en esos hábitos vacíos, de los cuales siempre se escuchan los quejidos de esas personas que reclaman. Parece que la rutina desgasta, sin embargo, tantos se atan a sus vidas cotidianas, que necesitamos entender su psicología. Y así comprender si la culpa es de la rutina o del rutinario, a veces llamado carenciado, sea persona, relación o entidad, cualquier actividad que se les ocurra. Una psicología muy particular, que va perdiendo su sentido entre los anillos de la repetición automática.

La psicología de la vida cotidiana nos habla de esos pequeños actos de todos los días, donde la vida suele filtrarse y el sentido carecer de destino. En la repetición estamos perdidos, porque allí no tenemos conciencia, entonces la entrega se pierde en la encomienda que nunca llega a su receptor o destinatario. Un gesto de la pareja que se pierde en esa obsoleta cantidad de trabajo, en ese ritmo cotidiano que es responsabilidad del trabajo, donde nosotros quedamos incapaces de poner un freno. Perdiendo la perspectiva, la distancia óptima de las cosas y de la salud, emocional y mental, de esa compañera que mira desde tan lejos. En lo cotidiano se pueden ir llenando los huecos de la historia, o se pueden ir perforando los sueños de una vida. En esos ratos, de todos los días, los riele de nuestra psiquis se puede ir descarrilando y su vagón de entusiasmo perderse en un cruce de vías.

De lo cotidiano está forjado el hombre. De la rutina se va oxidando. De los gestos de cada día una pequeña vida va afilando su espada; de las peleas de todos los días, esos padres le van clavando un puñal. De la respiración cotidiana esa vida va creciendo, del desgaste, esa vida se va asfixiando. Y cometemos un asesinato, con gotas de rencores perdidos. De esa manera una vida se convierte en una rutina y se pierden los sentidos, esos mismos que llenan con sus gritos un alma plena. Esa que encierra ganas para toda la vida. Esa que se sienta en el borde de un balcón a fumarse un momento conectada con el universo, acariciándole la barba a Dios. Ese momento de conexión, ese instante de trascendencia, son las ganas galopando en las venas; una sequia cuando la rutina se lo lleva.

La psicología de la vida cotidiana pone su mirada en los detalles y en los momentos. En tantas veces que vemos repetir lo mismo. Aún cuando se trata de eventos, siempre los mismos festejos de cumpleaños o de navidad.

Porque la rutina es la expresión silenciosa del rechazo. Esas palabras no dichas. Esas miradas que ya no miran. Esas lagrimas que se han secado, con la toalla de mano; generando un aluvión de desdicha.

La rutina no es la enemiga, es una consecuencia. Es una secuela de aquello que dejamos de alimentar. Es la ausencia en el día, de ese ser que estaba y ahora se ha llevado hasta su sombra. La rutina es la desdicha de todo aquello que tenía vida, y no necesita de los cambios para subsistir, necesita de la vida para vivir.

Acaso, ¿respirar no es un hecho cotidiano?

 


domingo, 4 de noviembre de 2012

La mente le gana a la muerte




La muerte juega una pulseada. La más intensa de su Historia. La mente le cobra a la muerte la última partida.

Ella le gana cuando quiere. Porque la muerte pretende, siempre, llevárselo todo. Por ser de un carácter caprichoso, se lleva al cuerpo cuando sabe que pierde. Pobre inocente, cree que allí termina el juego. Pero la mente está primero, ella sabe como sobrevivirla. Deja sembrada una semilla, son las ideas vigentes. Las que nunca mueren, las que no perecen con el tiempo. Ni envejecen ni se empobrecen, no tiene fecha de vencimiento. Siempre alguien mantiene ese hilo de vida.

La muerte pierde la partida pero aún no resigna todo el juego.

Quiere engañar una vez más, para llenar sus cementerios con huesos. Cajones del cielo, de almas que se quedaron atrapadas, en una tierra escasa de generosidad y compañía. Una dulce mentira que la dama de negro sigue vendiendo. Para que los hombres contentos pierdan las esperanzas. Y así se deshagan de las cualidades y poderes de la mente. Porque un hombre que es sirviente, ha dejado de pensar. Entonces pierde la humildad y no se mira al espejo. Deja de pensar, y su mente se apaga lentamente.

La mente gana cuando quiere, pero una llama debe siempre mantenerse encendida. Porque así es la partida, contra esa dama indulgente. Que llena sus listas con gente, y las pasa a buscar siempre a la hora justa. Una dama puntual, que no sabe de llegadas tardes. Ni de morosos incobrables.

Como la mente sabe, las deudas en este mundo abundan. El hombre no quiere ganar, porque no sabe qué hacer con los logros. El éxito es para pocos, porque pocos se lo han permitido pensar. Y no seamos literales, el pensar va más allá de lo intelectual, es soñar con el alma en conjunción con la mente serena, la que sabe de certezas, la que conoce sus causas y orígenes. La que no cuestiona si mide lo suficiente.

Están frente a frente. Mirándose a los ojos. Ambas damas que dominan el mundo. Con la misma capacidad creativa. E inventiva para hacer su obra siempre original. Las nueve maravillas y los siete pecados capitales. Sentadas en un escaparate pensando qué precio le pondrán al siguiente evento. Un segundo de nuestras vidas furtivas. Dominadas por esas damas extrañas, a las que nadie se ha atrevido a enfrentar. Aunque sea para preguntar cuál es el motivo de su gobierno. Una masacre o un infierno, un autoritarismo o un genocidio.

La posibilidad de la vida eterna. Por esto ellas se enfrentan y gana la mente una vez más.

Por insolente.

Por sorprenderse cada minuto de sus potencialidades.

No es un artículo delirante, sólo debe pensarlo un minuto. Todo lo que ha sido de este mundo fue alguna vez pensado. Luego, inventado para poder ser materializado. Y compartido con los demás.

Nada se escapa. Igual, nadie vivirá para siempre.







Todos ocultamos algo. Por no decir mucho.



Existe la sinceridad? ¿La honestidad tiene límites? Pareciera ser que la humanidad es el límite de lo claro y lo sincero. Nosotros somos nuestra propia trampa. Porque todos ocultamos algo. Nadie cuenta todo, ni siquiera en el espacio más privado ni asegurado. Siempre guardamos algo, por no decir mucho. Nada puede ser totalmente transparente. Algo siempre queda velado. Oculto.

El ser humano tiene una naturaleza extraña. Impropias son las pretensiones de absoluta claridad y honestidad frente a cada pregunta. Absurda pareciera ser la persona que quiere ser totalmente fiel, sin creer que algo se esconde. Si Dios hablara, no se salvaría nadie. Si se pudieran leer los pensamientos, ¿cuántos secretos se sabrían? La Humanidad sería tan distinta, que no lo podríamos tolerar.

La luz fue concebida desde las sombras. Su antecesor, fue su gran gestor. Y cada objeto en este mundo, tiene su reflejo y tiene su lado oscuro. El que algunos, hemos aprendido a ocultar. El que otros, con o sin maldad, lo han explotado como estilo de vida. Victimizando y acosando, dejando sus marcas y sus huellas. El secreto espera ser descubierto.

En el secreto siempre hay alguien inmerso. Entonces alguna vez se sabrá.

Todos ocultamos algo. Y siempre lo que se oculta es mucho. Porque se acumula en el mismo rincón. Porque la mugre siempre se amontona. Aunque, para ser justo, no siempre lo oculto es necesariamente malo. Hay muchos samaritanos de los que nadie se entera. Hay mucho excelente ser humano que no se da a conocer, ni quiere ser parte de ese escenario multitudinario.

Igual, estos artículos están dedicados a aquellos que han hecho de las sombras su deporte predilecto. Un estilo de vida, una forma fortuita de molestar a los demás. Y de esconder algo. Los he escuchado tanto, los he visto hacerlo. Ocultar como si no los viera nadie. Mentir para no ser descubiertos.

Todos ocultamos algo cierto, claro y definido. ¿Por qué no lo decimos? Porque no sería igual. El sabor de ocultar más la censura del otro, sería perder el filtro y dejar entrar a cualquiera. Sería aceptar que las fronteras no tienen razón de ser. Y que no se saborea el gusto de lo oculto. O lo prohibido.

Sólo lo explico. No lo fomento ni lo incremento. Hablo de una realidad que está muy presente en nosotros. La sombra es parte de todos, la sombra es parte de la esencia. No necesariamente de la miseria, aunque se sientan juntos seguido.

No está permitido. No se supone que esté bien. Pero hay que reconocer que todos ocultamos mucho.

¿Ocultar es igual a mentir? Ocultar es ocultar. Una verdad evidente, para los ojos que no lo sienten y ni se enteran.

La verdad queda afuera, de esta discusión. Y la realidad da la ocasión para jugar con sus cartas. Porque es ella quien da la pauta para hacer sombra con las luces.

Todos ocultamos algo.

De eso vamos a hablar.